Las puntas de los dedos le tintineaban con nerviosismo a medida que avanzaba por el centro de parque, repetía sin cesar dentro de su cabeza la discusión con Jaime y se replanteó una vez más si lo más sensato era seguir permitiéndole aquello. Susana era escalofriantemente consciente de que podría no haber cruzado aquel parque si el destino así lo hubiese querido. Las gafas se le empañaban por culpa del afilado viento frío y el contraste con el calor que le bullía por dentro, pese a que la bufanda que su tía Carla le regalo por navidad el año pasado le cubría la mitad de la cara y le permitía mantener en calor que su cuerpo emanaba. Entre los escasos pedazos de parque que alcanzaba a divisar a través de los cristales reconoció la figura de una persona de destacablemente grandes proporciones. Sus extremidades superiores finalizaban en una pala que hundía su metal en la hendidura de la tierra húmeda. Pese a los esfuerzos oculares de Susana, esta no logró adivinar qué es lo que aquel ser pretendía con herramienta en mano en un parque de aquel barrio tan poco transitado. Sin embargo, los escalofríos creados por el frío, o por alguna otra razón, no se despegaban de su espina dorsal.
El sonido de la llave entrando por la ranura del antiguo piso de Susana acontecía lo inhumano. El frío y la oscuridad le daban la bienvenida a medida que avanzaba por la entrada hasta llegar a la cocina. El desconcertante silencio que rara vez se hacía notar en aquel apartamento no pasó inadvertido y Susana descubrió detrás de la puerta el cuerpo sin vida, abandonado a su suerte en la sala de estar de la familia.
Firmado: Elenne Majaitu.
